La fácil aceptación popular de El Capitán Trueno se fundamenta en la atractiva personalidad de los caracteres de la serie.
Aunque de planteamientos aparentemente sencillos, las historietas escritas por Mora juegan con elementos clásicos de la literatura universal.
Trueno es el prototipo del héroe, aunque con evidentes aires modernos. Es un hombre de principios, no de impulsos.
Combate por obligación, por fidelidad a sus propias ideas, nunca por gusto o por pasión.
La audacia del capitán va pareja a su gusto por la cultura y los avances científicos: no en vano recorre el mundo en un globo aerostático adelantado a su tiempo, obra del sabio Morgano. Sus compañeros de aventuras son el perfecto contrapunto: Goliath representa el Sancho Panza pedestre, cómico, buenazo y borrachín; Crispín es la figura del aprendiz, la continuación del héroe, el niño que lee la historieta. Y Sigrid, rubia nórdica que sucumbe a la hombría de bien del caballero español, es una revolucionaria apuesta por la igualdad de sexos en pleno franquismo. Reina de Thule, país dotado de parlamento propio, Sigrid es también un poco velado homenaje a ese Príncipe Valiente que tanto gustaba a Mora.
Su primera firma para El Capitán Trueno fue con el necesariamente patriótico seudónimo de Víctor Alcázar. Encontró su compañero ideal en Miguel Ambrosio Ambrós, maestro nacional que nunca llegó a ejercer y dibujante de enorme plasticidad y fluidez de trazo. Ambrós aportó la perenne sonrisa de Trueno, unas portadas antológicas, plenas de colorido y acción, un expresivo
dinamismo y las caras oficiales de los distintos personajes.